No sé bien si fui yo la que encontró la malla naranja o si fue ella a mí.
Mis ojos miran y observan con distintas intenciones ( como todos ).
Ese día algo en ella llamó mi atención. Llegó a mis ojos, a mi cámara y
me dejé invadir.
Esa red estaba estirada, quieta y obediente marcando un límite entre la zona transitable y la otra. Ella estaba ahí cumpliendo su mandato original: advertir al peatón; dentro de sus límites habita algún peligro.
Era invierno. La tiré al agua, y las imágenes comenzaron a multiplicarse.
Comenzó el juego. Lo que sucedió a partir de ese encuentro fue algo así como la recuperación de la niña ( la misma que recuperó Atenea ya adulta ).
Afloró la mirada del niño en la cual cabe el asombro y el disfrute de los descubrimientos por pequeños que éstos sean.
Aparecieron sus formas caprichosamente libres, sus luces, sus brillos, sus curvas, y después siguieron sus sombras, sus zonas oscuras. Segunda etapa. El recorrido necesario para identificar, aceptar y crecer con nuestra zonas oscuras. Y cómo el poder y la intención de nuestra mirada trabajan para generar cambios, para el goce o no, de lo nuevo, lo desconocido y lo incierto.
En las últimas obras aparecen unas gotas, que seguramente mutarán en otras formas. Éstas llegan de la mano del cuento “1000 gotas “ de César Aira. (descubierto en Eloisa Cartonera). Estas gotas valientes deciden fugarse de un espacio de comodidad y reconocimiento universal, para ser protagonistas de su propia historia. Delirantes, osadas e invasoras entran en acción.
De alguna manera a través de un objeto carente de valor artístico alguno y
de un fragmento de literatura, llegan a mis obras imágenes que rozan la abstracción y que invitan a mirar con otros ojos.
Mi planteo es ese: el juego, la mirada curiosa, el recorrido entre las zonas cómodas y las áreas desconocidas y oscuras. Transitar la incertidumbre.
Construir una narración.
Iliana Regueiro |